Los reclamos de la gente




LOS RECLAMOS DE LA GENTE
Artículo Periodístico.
Publicado el día domingo 17 de octubre de 2010 en el diario "El Día" de Gualeguaychú.
Textos: Prof. Elisa María Fernández
Ilustración: Arquitecta Marina Sosa

Usamos el término “aniversario” para señalar el día en que se cumplen años de un suceso; generalmente se acompaña con una celebración o conmemoración importante. Cuando se trata de la fundación de una ciudad, la fecha se presta para festejos. Por eso Gualeguaychú tendrá el día 18 de octubre su fiesta conmemorativa.
La alegría de los agasajos no impide mirar hacia el pasado y abordar los problemas locales del presente desde un punto de vista social. Proyectar lo ocurrido hacia la actualidad y prevenir el futuro forman parte de los festejos de un aniversario urbano.
El cumplimiento de las normas, el progreso o retroceso urbano, la calidad de vida, la lucha ambiental, los problemas sociales y otras tantas cuestiones que hacen a la planificación de la ciudad de cara al futuro se pueden ver reflejados en los periódicos y diarios de cada época.
Los reclamos de la gente en otros tiempos y los cambios o continuidades con respecto a la ciudad del pasado son temas interesantes para analizar en una hemeroteca. Algunos de sus vestigios permanecen en nuestro entorno cotidiano.
San José de Gualeguaychú fue diseñada de acuerdo al esquema de damero en 1783. La plaza mayor -actual San Martín- solía ser el centro de atracción de la gente, un espacio de concentración para festejos y para reclamos.
Podemos decir que desde la fundación realizada por don Tomás de Rocamora hasta la decisión de erigirla en ciudad por parte del Gobernador y Capitán General Justo José de Urquiza (1851), no hubo mayores cambios en cuanto a su humilde aspecto. La plaza colonial permanecía sin mayores modificaciones, sólo las plantaciones de naranjo (1858) le daban una fisonomía particular, pero la gente seguía protestando por las calles de tierra.
Poco después, las demandas de los habitantes se relacionaban con el mal estado de la escuela; una edificación de escasa altura, sin corredores que protegieran a los niños de las inclemencias del tiempo y con una escasez de luminosidad que afectaba el aprendizaje. Según los informes del preceptor de la institución escolar algunas paredes parecían desmoronarse, las puertas no eran seguras y las ventanas carecían de vidrios. Don Guillermo Bianchi dejaba constancia de que el techo poco preservaba de la lluvia y a pesar de ello, allí concurrían los jóvenes de la ciudad en 1860 (1).
Tampoco faltaban las quejas sobre la ausencia de luminosidad y los peligros que ello ocasionaba. Los faroles de las bocacalles no se encendían y la inseguridad frente a los “rateros” y “arrebatadores” o el susto por los murciélagos y lechuzas agotaban a los gualeguaychuenses. Algunos se resistían a tener que volver a épocas anteriores y caminar con farolas, aunque pensaran hacerlo para evitar que alguien les rompiera la nariz al doblar la esquina.
El estado de las calles, la ausencia o deterioro de las veredas y la necesidad de viviendas se ven reflejados en los periódicos de la segunda mitad del siglo XIX. A pesar de las multas, los habitantes seguían cabalgando al galope por aceras o calles, las inmundicias y aguas servidas que producían olores insalubres seguían siendo arrojadas al espacio público y el problema cultural resultaba difícil de solucionar (2).
Algunos padres hacían caso omiso a las disposiciones que impedían la reunión de niños y jóvenes en las calles o lugares públicos para ocuparse de los juegos de bolitas, y a las que prohibían hacer ruidos molestos con órganos u otros instrumentos después de las once de la noche (1875).
No faltaban las quejas por “los nenes que (andaban) con unas hondas de goma, arrojando chumbos a cuanto bicho viviente (encontraban) por la calle (…). Y el peligro de que le sacaran el ojo a una criatura” (3) En la Miscelánea se preguntaban si se podría terminar con ese abuso y si se podría tomar alguna medida contra tanto vago y tanto muchacho mal entretenido.
A pesar de las quejas por la falta de cumplimiento de las normas, éstas se seguían dictando en diversas instituciones locales. La reglamentación de la Sociedad de Beneficencia, el Hospital de la Caridad y el Mercado 1º de Mayo eran una muestra del intento de cambio social urbano.
El requisito de “buena conducta” para acceder a diferentes lugares de trabajo parecía un aliciente para lograr un orden.

MORFOLOGÍA URBANA

La morfología urbana había variado para la década del 1870, se podían observar algunos cambios como el de la extensión de la ciudad hacia el oeste. En esa dirección estaba el cementerio que había sido trasladado en 1853 por cuestiones ambientales. No escapaba este lugar santo a los reclamos de la gente. La costumbre viciosa de encender y colocar luces por todo el cementerio ocasionaba serios inconvenientes con las velas que incendiaban los vestidos de las damas al caminar. Ya habían lamentado algunos accidentes y solicitaban nuevas normas para ordenar esta situación, además de carpir el lugar más a menudo, en especial los días de ánima, el día de los fieles difuntos.
Se escuchaban voces que mencionaban la necesidad de fundar un nuevo cementerio en: “paraje más a propósito y mucho más distante que el actual, que (iba) quedando dentro de la población” (4) por lo que el problema de la contaminación de las napas de agua seguía latente como en las épocas en que el campo santo estaba al lado de la Iglesia.
La zona de Sarandí norte elegida para este fin distaba 85 cuadras de la plaza Independencia. Las comunidades religiosas que no eran católicas se sentían satisfechas con la decisión del gobierno, pues los ángulos noroeste y suroeste del lugar delimitado serían destinados a difuntos de diferentes creencias.
Mientras esto se conversaba, los vecinos veían la posibilidad de establecer un mercado de frutos en el lugar que quedaba desocupado, pero no todos compartían las mismas ideas. La mayoría de los chacareros tenían sus producciones cerca del Gualeyán y de no establecerse el mercado en esas inmediaciones se verían obligados a hacer un recorrido que complicaba su tarea.
Así como la producción primaria de quintas y huertas era tan importante, también lo era la canalización del río que tanto pedían los habitantes de la ciudad. Todos querían “allanar el estorbo que (impedía) la navegación de los buques a la entrada de la Boca del río Gualeguaychú” (5).
En el periódico “El Pueblo” de 1882 se comentaba que esta obra reportaría una serie de beneficios, el puerto ofrecería seguro fondeadero a las embarcaciones, y los productos locales serían beneficiados en su valor pues se veían encarecidos por el cabotaje hasta Fray Bentos. Las frecuentes bajantes del río dejaban cortada su barra por el banco de arena que la obstruía.
En los comienzos todos estaban entusiasmados por las promesas del gobierno nacional sobre la realización de la canalización y construcción del muelle de la ciudad. Si bien los vecinos sospechaban que nada de eso iba a pasar, se vieron sorprendidos cuando la Administración de Rentas Nacionales entregó 1800 pesos fuertes en mensualidades de 30 patacones para cubrir el presupuesto de la infraestructura. Era el inicio de un trámite que demoraría en concretarse pero facilitaría la importación comercial de la ciudad. La propuesta de don Luis Clavarino al Ministerio de Marina mencionaba un muelle de 70 varas de largo por 10 de ancho hecho de madera dura y hierro, más económico que los intentos anteriores.
Eran nuevos tiempos que se veían reflejados en la columna levantada en el centro de la plaza denominada Independencia. La mentalidad de los inmigrantes se observaba a través de algunos cambios. Ya se hablaba de los italianos que fundaron la “Unione e Benevolenza” y de la colocación de la piedra fundamental del edificio que estaría ubicado en la empedrada calle San Martín, esquina Pellegrini. Los 200 socios aportaban para ello.
Las construcciones edilicias avanzaban día a día y los constructores se quejaban por la falta de mano de obra y materiales. Algunos decían que el aporte migratorio podría favorecer esa situación, pero los inconvenientes que padecían los barcos en la entrada de nuestro río complicaba la llegada de materiales de construcción. Escaseaban las maderas, alfajías, tirantes, baldosas y tejas francesas. Los hornos locales no daban abasto con la demanda de ladrillos y tejuelas necesarias para las obra, aún así la ciudad se veía diferente en la década de 1890, la Catedral y la Jefatura de Policía daban un nuevo aspecto al centro urbano.
En la primera década del 1900, los estilos arquitectónicos se diferenciaban de aquellos tiempos coloniales. Rejas y balcones competían en su expresión artesanal como recreando temas europeos. La ciudad agroexportadora comenzaba a manifestarse también en lo urbano. El palacio que luego fuera residencia de Malvina Seguí de Clavarino comenzaba a construirse, era una expresión del estilo ecléctico que caracterizaba la concepción neoliberal, como lo era también la pedagogía de las estatuas. El monumento al General San Martín (1910) se convertía en el centro de una plaza donde la gente se deleitaba con retretas.
Lentamente los progresos urbanos se fueron notando en los servicios demandados por la gente. El tipo de infraestructura y equipamiento existente, además de su distribución y acceso, condicionaban la calidad de vida de los habitantes. Las ordenanzas del siglo XX indicaban la necesidad de los diferentes tipos de redes -aéreas o subterráneas-, fueran ellas de provisión de luz eléctrica (1906), de aprovisionamiento de agua potable, sistema de saneamiento y cloacas (1926). Una necesidad en el ejido urbano que todos los habitantes merecían para vivir dignamente.
Mientras ello ocurría la ciudad se extendía como buscando solucionar la escasez de lugares de esparcimiento para la población. Durante años la gente había reclamado por la traza de parque, plazas y calles. La zona sur y suroeste era la más desfavorecida. Quienes se quejaban mencionaban la falta de previsión en hacerlo cuando la ciudad no estaba aún demasiado centralizada. Sin embargo llevó tiempo el tomar las medidas necesarias.
Los hijos de Saturnino Unzué entendieron este tipo de mensaje cuando donaron en la segunda década del 1900 el predio del parque. Si bien era toda una complicación desmontar, nivelar y rellenar el lugar, el intendente Jacobo Spangenberg estaba dispuesto a hacerlo con tal de no perder esa oportunidad.
Los habitantes de Gualeguaychú se quejaban por los inconvenientes que ocasionaba el cruce del río en balsa y el dinero que les cobraban para ayudar, cuando se quedaban empantanados en aquel lugar. Por eso no podían creer cuando tres años después (1930) vieron los pilares rellenos de hormigón para construir el puente que deslumbró a la población en 1931.
Aún así llevó tiempo humanizar el paisaje del parque que hoy disfrutamos. El puente y la costanera cambiaron la fisonomía de la ciudad fundada por Rocamora y la “isla graciosa a la vista” que mencionaba el fundador se puede apreciar con más cercanía gracias a esas obras, además de admirar los rasgos medievales del castillo que fuera de María Eloísa De Elía.
En la actualidad, nuestra ciudad continúa con sus obras, las avenidas de circunvalación dan un aspecto diferente al de los tiempos ferroviarios. Algunos edificios permanecen visibles en áreas de deterioro a la espera de ser utilizados, tal es el caso del inmueble Frigorífico Gualeguaychú, otros quizás, serán reconstruidos o reformados recreando la originalidad.
Los reclamos de los habitantes están presentes en todas las épocas y todas las sociedades. En el presente, varios aspectos han contribuido a la modificación estructural de nuestra ciudad y eso genera reclamos. El aceleramiento del ritmo de vida, la transformación del hábitat y la morfología de las viviendas, el costo de los alquileres, las dificultades para acceder a una casa propia, las edificaciones de altura, la falta de espacios verdes y otras tantas transformaciones visibles y no visibles (6) que generan y generarán demandas, protestas o quejas de la gente. Aún así, nuestra ciudad es: “una y diversa. Centro y periferia. Barrios, industrias, servicios. Pero también es recreación, movimiento, intercambio. Espacio de lucha, de consensos”.(7)

Colaboración: María Carolina Solte Wilde, María Luisa Melchiori y Marina Sosa.

(1) Instituto “Osvaldo Magnasco”. Legado del Padre Borques. Biblioteca Andrade, Gualeguaychú, 1933.
(2) Instituto “Osvaldo Magnasco”. Sección hemeroteca. El Guardia Nacional, 1871 .
(3) Instituto “Osvaldo Magnasco”. Sección Hemeroteca.El Noticiero, 1872.
(4) Instituto “Osvaldo Magnasco”. Sección Hemeroteca. El Chimborazo, 1879.
(5) Idem nota 3.
(6) Hardoy, Jorge Enrique. La urbanización en América Latina. Buenos Aires, 1969.
(7) Méndez, Laura Marcela. ¡Sociales Primero! .Novedades Educativas, Buenos Aires, 2000.


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