Anécdota Criolla


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Artículo Periodístico.
Publicado el día domingo 19 de enero de 2014 en Diario "El Argentino" de Gualeguaychú.
Texto: Prof. Elisa María Fernández
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Poco antes del combate de la Vuelta de Obligado, ocurrido el 20 de noviembre de 1845 en aguas del río Paraná, cerca de la oración de la una de la tarde, una mujer que iba conduciendo su carreta rumbo a Buenos Aires tuvo la mala suerte de caer en una huella profunda y pantanosa en las inmediaciones del conocido arroyo de Maldonado.

La buena señora que venía de San Fernando trasladaba en clase de pasajeros a una familia compuesta de cinco personas. Las tradicionales e incómodas y pesadas carretas servían como medio de locomoción.

Un trayecto de San Isidro Labrador a Buenos Aires se conocía entonces como el callejón de Ibáñez (actual Carlos F. Melo), lugar legendario y fatídico ubicado en un punto accidentado que favorecía los asaltos; este mismo nombre fue aplicado en esa ciudad a los corredores o arcadas de la casa del cabildo. Tal callejuela rodeada de tupidos matorrales unía el Camino a las Lomas de San Isidro (camino del Medio) con el Camino del fondo de la legua (camino del Alto-actual Avenida Cabildo) denominado así por la decisión de Juan de Garay que indicaba la señalización de la senda por los fondos de cada suerte de estancia que tenían una legua de largo; algunos testimonios indican que varias cruces a orillas de este trayecto daban cuenta de los homicidios perpetrados allí; otros señalan que sólo se realizaban hurtos.

Para el imaginario colectivo, carreteros y vecinos de la costa perecían en manos de los bandidos que tenían su madriguera en los montes de las quintas de las barracas. De no tener inconvenientes para recorrer las 7 leguas de distancia en el trayecto de San Fernando a Buenos Aires, los viajeros necesitaban dos días de viaje.

La zona de lo que es hoy Belgrano, identificada en esa época como La Blanqueada por la muy nombrada pulpería del lugar, era un campo abierto; allí se encontró la conductora sorprendida por la noche con su carreta encajada en el lodazal. Luego de implorar a todos los santos de su devoción para librarse de aquel trance, advirtió a sus pasajeros que se dispusieran a pasar la noche en el transporte, hasta que, amaneciendo, se vería como salir de aquel atolladero. Los niños lloraban ante tal realidad y pretendían salir de la carreta; situación por demás peligrosa.

En ese mismo momento acertó pasar por el lugar don Juan Manuel de Rosas; impuesto de lo que acontecía, sin dar a conocer su identidad, llamó a la mujer y entabló el diálogo siguiente:
-Venga aquí señora y veamos como desempantanar su carreta.
-¡Ah, señor! Que desgracia! Todo por culpa del Gobernador- exclamó la mujer, que no había identificado a su interlocutor, enjugándose las lágrimas.
- Nada tiene que ver el gobernador con esto dijo Juan Manuel de Rosas. La compostura y conservación de los caminos está encomendada al Jefe de Policía: es a él pues, a quien debe echar usted la culpa.
- Así será paisano, pero yo se que el gobernador es el que manda.
La señora pasajera que estaba dentro de la carreta oyendo la conversación salió y dirigiéndose a Rosas sin conocerlo, le dijo:
-Háganos el favor, paisano, de ayudarnos a salir de aquí, yo le daré una gratificación.
-Está bien. Contestó Rosas, con mucho disimulo para no ser conocido, y luego arrimando hombro y brazo a una de las ruedas de la carreta gritó: vamos, pique al hosco, así, así, déle paisana; ahora pique al bayo, déle, déle.

Con tan poderoso auxiliar la carreta salió del pantano con mucho contentamiento de su dueña y señora pasajera.

Cuando el vehículo estuvo en franquía, la señora sacó veinte pesos para gratificar a Rosas, quien, soltando una carcajada, exclamó: más vale maña que fuerza, siga su camino y sepa que el gobernador no se ha desdeñado en ayudarla en este trabajo; pero no eche la culpa a quien no la tiene. Mañana estará compuesto este pantano.

Efectivamente, una cuadrilla de peones del saladero de Rosas, con el mayor Calderón a la cabeza, se ocupaba al día siguiente en tapar y componer las huellas.

Cuando la mujer supo que el paisano que le había ayudado la noche anterior no era otro que don Juan Manuel se enfermó de susto y fue a Palermo a pedir disculpas a su hija Manuelita, quien gozaba de autoridad desde que algunos federales la proponían como sucesora en caso de muerte del gobernador. Los comentarios sobre el accionar de la mazorca en los comienzos de la década de 1840 estaban latentes. Se hablaba entonces de lo ocurrido a don Augusto Dejean, francés que logró refugiarse en la casa de un ministro plenipotenciario luego de ser perseguido por acompañar el coche fúnebre de un unitario asesinado por una cuadrilla rosista.

Sin embargo, la mujer se vio sorprendida cuando el Gobernador de la provincia de Buenos Aires, en persona, le obsequió doscientos pesos que sacó de su bolsillo mientras le recomendaba, con voz enérgica, que otra vez no culpase a nadie sin tener razón. La carretera asustada aunque contenta, se retiró del lugar con el dinero obtenido. Eran tiempos en que la unanimidad federal y la lealtad a Rosas se extendía al conjunto de la confederación, reinaba una paz que, si bien se asemejaba a la de los cementerios-según palabras de la historiadora Marcela Ternavasio- revelaba también cierta relajación de los controles. Buenos Aires parecía gozar más que nunca de ser centro de una república no constituida. Sin embargo, la organización constitucional, el monopolio y la libre navegación de los ríos surgían como detonantes de un conflicto cercano.

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